Él, agnóstico mas no ateo, producto del amor y la lujuria, poseía dentro de sí una calma furiosa que enloquecía los sentidos retraídos y encerrados de cualquier humano que fuera capaz de mirar dentro de sus ojos de fuego.
Sus modos transparentes y pausados lograban que todo aquello pronunciado por sus labios de piel generosa, pero no tanto, sea intensamente captado hasta por el menos privilegiado con el don de la inteligencia. Y, si acaso, sus palabras no eran suficientes, sus manos se encargaban de terminar el trabajo. Ademanes acompasando su tono sutil y aterciopelado, dedos frotando el aire a la altura de sus ojos almendrados, de un verde sosegado que se encendían a la luz del sol y de la luna cuando su mente quería expresar pasión.
Dedos de una mano fértil, ni gruesa ni fina, ideal para acariciar; grande, pero no tanto, insuficiente para adornar un piano, sin embargo lo hacía con maestría y cadencia.
Oído intransigente aunque permeable a las ideas y sonidos que lograran tocar las fibras más intimas de su alma y del tímpano cubierto por piel que se extendía hacia afuera en un embudo, emulando las apéndices de los primates, que cuelgan de la cabeza sin mucha elegancia pero con bastante gracia, aunque nunca tanto.
Poseía una gran dote de entendimiento y materia gris, no obstante, el mayor de sus dones era el control desesperante de todos sus sentidos y actitudes. No era Nerón, y Roma se podía incendiar ante sus ojos sin que él se inmute, seguiría haciendo música y pensando (que es lo que mejor hace) en las soluciones, luego las explicará.
Fibras, células, neuronas y decibeles danzaban en el espacio de piel que le había sido otorgado por el creador a quien rendía pleitesía con su fuerza de presencia, con su manera de estar, con su forma de ser y de querer. Se sentía atrapado. Era muy poco lo concedido para lo que necesitaba. Cristianamente hablando, era estándar y no aspiraba a más porque para los fines prácticos estaba justo. Pero no tenía alas.
Poseía una belleza infinita, onírica, desesperada, solo percibida por ella, sublime criatura resultado de la creación más exaltada de los dioses: tres Pandoras y dos Afroditas. Ella era perfecta, increíble y platónica… para él, que la contempló por primera vez una noche en un matrimonio, un año después de que la conoció. Ella estaba ahí, con toda su luz impetuosa, llena de alegría y vitalidad, dejando salir por los poros esa delicada mezcla de arrogancia e insolencia empapada de sencillez en un escenario bizarro y ambiguo donde la sutil línea que divide el bien del mal es casi imperceptible: el punto intermedio entre un loco y un cuerdo, y ella era la malabarista en monociclo pedaleando sobre la cuerda floja, vestida de gala con nariz de payaso.
Incomprendida por esos que no la veían, como él un año atrás.
La vio, por primera vez en su vida, antes solo la miraba, pero esa noche la vio, y para corroborar que lo que sentía era cierto, la invitó a bailar, solo para cotejar ferohormonas.
Él silencio, ella grito, los dos clásicos, juntos: ópera. Supo que era cierto, que ella existía, que estaba allí, era palpable, olfateable, querible, amable… Besable. No lo hizo. Tenía miedo. Era todo lo que había deseado jamás, no vaya a ser que se desmorone y se convierta en una estatua de sal, o peor aún, en un sapo. No entendió como pudo haber pasado tanto sin darse cuenta de esa presencia tan plena. Ella no. Ella lo vio desde el primer momento, pero entendió que no estaba para sí. Desde la primera vez supo que no podía funcionar, el sonido taquicárdico vale si suena de a dos y ella lo escuchó hueco, faltaba la otra parte, el enganche que él escuchó un año después. Ella no era genial como él, estaba en el punto intermedio, como buena rectificación de Pandora y Afrodita, su parte terrena era más fuerte que su parte ideal. Tenía los pies en la tierra y el cerebro en el cielo, pero sabía que no pertenecía, era un híbrido, una castiza, una mestiza y como tal se daba su lugar, aunque nació con ínfulas de grandeza. Se había dado tantas veces contra la pared que sus aspiraciones estaban muy debilitadas, apenas pegadas con algo de engrudo y un poco de UHU, que consiguió trabajando de esto y de aquello.
Su porte era imponente, se sabía hija de un ángel, caído, pero un ángel al fin y al cabo. Entendía que tenía el legado, algo disminuido por las vicisitudes del destino, ya sabía que sus genialidades iban a ser incomprendidas por el común denominador, era anormal, un coeficiente superior tachado de locura por los inferiores como en todos los tiempos a los espíritus libres, y no esperaba sino al alma gemela que le descifre la grandeza. Un beso para ella era la forma más sublime de hacer el amor. Nunca lo besó.
Moría por él, pero supo desde siempre que en su calidad de dios no podía suscribirse a una terrena aunque sea castiza.
Cuando ella lo vio por enésima vez en el matrimonio, ni se turbó, sabía que podía estar por ahí, pero nunca tan cerca. Él se acercó a ella y la invitó a bailar, ella ni se acomodó, ni se arregló, nada, se sentía normal, no se hizo ilusiones, para qué.
- Él: Estas muy linda hoy ¿vamos a bailar? ¿Sabes que me fascina esta canción?
- Ella: No.
- Él: ¿Siempre tan definitiva? ¿No sedes ah?
- Ella: ¿De qué se trata?
- Él: De nada, ¿pero siempre eres tan mala así?
- Ella: No, solo los fines de semana, fiestas de guardar…y matrimonios.
- Él: ¡Ja! (¡Dios mío! Te A M O).
- Ella: ¿Ja qué? No te rías, esa mirada me provoca escalofríos (porque si me miras así nuevamente te voy a dar un beso tan pornográfico que nos van a botar de la fiesta).
- Él: Perdón, no te miré de mala forma, al contrario. ¿Qué hago contigo?
- Ella: (Lo que quieras) Vamos ya a la mesa que muero de sed, necesito un trago urgente.
- Él: (Te voy a sujetar tan fuerte que no te me vas a escapar) Espera un rato a que termine la canción (y te pueda oler un poco más). ¿Hueles muy rico, qué te has puesto?
- Ella: Nada (¿Qué le pasa?).
- Él: (¡Bingo!) Me gusta tu olor.
- Ella: (¿Ah?) ¿Ah?
- Él: Nada. Es que… no lo había notado, tus ojos son muy grandes y expresivos; y tu la nariz es muy simpática, respingona y regordeta. ¡Vaya que sí! Tienes los labios tan carnosos que …
- Ella: Ya cállate. ¿Quién eres: La versión antónima de la caperucita roja? (¡Este me odia!).
- Él: ¡No! Disculpa, no te quise ofender sino todo lo contrario, te estoy haciendo un cumplido (¡Que huachafo! No puedo creer que haya dicho eso).
- Ella: ¿Un cumplido? Que tengo nariz de payaso y boca de muppet, no me parece un buen cumplido (será que realmente me esta… ¿Le gusto?).
- Él: (Esto no va a funcionar) Vamos a la mesa, y no estés tan a la defensiva que solo quiero… ¡Nada!
- Ella: (¡Soy una idota! No, por favor, sigamos bailando necesito sentirte un poco más. ¡Te amo!) Vamos.
Kep.
Feb/2005
3 comentarios:
Apoteósico!!!!
maria...
Que hermoso!
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